Nieto de inmigrantes japoneses y criado entre sabores mexicanos, Edo Nakatani creció con una mirada abierta al cruce de culturas. En Fideo Gordo, su restaurante, esa mezcla se vuelve plato: caldos intensos con ingredientes locales, sazón y memoria. Su cocina es una forma de observar y reinterpretar el mundo: un puente entre lo que fue, lo que es y lo que podría ser.
Para Edo, la visión tiene dos dimensiones. Una interna, que requiere claridad para imaginar y crear; y otra externa, que se refleja en cómo esa creación transforma la experiencia de quienes la reciben. Cocinar —dice— es imaginar primero, y luego convertir esa imagen en una interacción tangible. Como quien mira con intención antes de dar el primer paso, su proceso empieza con una idea y termina en un plato que provoca.
La influencia japonesa aparece de forma sutil, pero constante. Está en la manera práctica y precisa con la que trabaja, en su búsqueda por reducir a lo esencial sin perder profundidad. Aunque su cocina se nutre de muchas plataformas —sabores, texturas, emociones—, su enfoque se mantiene claro. Y en esa sencillez, hay una visión personal que filtra el mundo a través del sabor.